Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables antes de cincuenta años.

«La mayoría de las obras célebres del pasado—pensaba—no llegaron hasta nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».

En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas e inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros, invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños, desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones religiosas.

Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual, abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.

Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.

Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo, fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.

Estando en París, su padre se había casado con una francesa, llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador; sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo horas después.

Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación en generación, la viuda se volvió a París.

Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque travieso y gracioso.

El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se mostraba de una generosidad incansable.