Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles, algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de sus historias novelescas.
Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.
Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban «querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su época. Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...
Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser tan favorecido por la gloria y el éxito material.
Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí mismo, se preguntaba muchas veces:
—¿Verdaderamente soy feliz?...
II
Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el renombre, y las primeras satisfacciones del amor.
En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el orgullo de su vanidad masculina.
Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de las otras bestias, obscuras y humildes.