—No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.
Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía. Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.
Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del «Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba silenciosamente en los visitantes del estudio.
Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez.
Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho, mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le atribuían.
Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes de decírselo.
Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde podían tropezarse con gentes conocidas.
Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar de su próximo matrimonio—como si no pudiera tomar otra forma que la reposada y legal—, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.
La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las cuales no había que esperar dinero.
Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una catástrofe de tragedia.