De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir su propia gloria.

El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.

Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e ignorados.

Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con todos ellos unas cuantas palabras.

El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino Fontana».

Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía deseoso de casarse con ella.

Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.

De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con dedicatoria.

Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.

Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.