—Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar que sus óperas se cantan en el mundo entero.
No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa, despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.
Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido, tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la gloria?...
También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro. Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre. Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última manera», del maestro.
En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre, sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América, donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...
Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.
—Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: la gloria... ¡Es tan célebre!
Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. Luego sonrió.
—¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez más que mi padre.
Se detuvo unos segundos, y añadió con energía: