—Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que él ya no puede tener.
Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con cierta lástima a Matilde.
Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran Fontana!...
Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.
III
Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos. Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.
Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde, en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal. Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a instalarse.
El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas repentinamente en dudas!...
Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras teatrales escritas en aquella habitación—saturada por la cocina próxima de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados—daban actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido tenidas por inadmisibles.
Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las cocineras.