Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona. Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.

Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle. Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.

Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía, disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e inquietantes del padre.

Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz de infundir el espanto con sólo un gesto.

El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las demás.

Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese libremente.

Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban «parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con Montalbo.

Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y millones.

Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para plantar remolacha.

—Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.