Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud, paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa» de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía sus visitas casi diarias.
Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del maestro.
Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar la amorosa diversión monótona y sin encanto.
Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían de regla a su existencia.
—La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le contestó con sonriente cinismo:
—Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca rubia y raptaré a una bailarina de quince.