Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, engañándose misericordiosamente.

—Todos llevamos—añadía—una orquesta dentro de nosotros. Lo importante es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra inmediatamente en el atril.

Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.

Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...

Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el alma contando a alguien su pasado.

Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos de sus llamados triunfos.

—Y así son—se decía—todos los pájaros de mentiroso plumaje que se sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.

Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había pedido como recuerdo una de sus pipas.

Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente al grande hombre.

Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió Montalbo el motivo de su tedio.