—La juventud es una voluntad—volvió a repetirse—. Yo deseo ser joven, y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago olvidando mis propios años.
Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a una acción inmediata:
—Vamos en busca de la juventud.
Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se enteran con extrañeza de que se aman...
Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas. Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras, como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella otras noches, y al fin, acaba por amarla.
Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.
Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. ¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un relieve y unos colores completamente nuevos.
Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos de su persona.
Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar, pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos. Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña Soudré, si esto alegraba su existencia?...