Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la juventud de los principiantes.
—Pero la pequeña Soudré—se dijo Montalbo—tiene talento, y si quisiera escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no deja de poseer ciertas condiciones literarias.
Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban dentro de él.
Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.
La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina, antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el «querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas aristocráticas.
Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un negocio seguro.
Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que el maestro no quedase solo.
Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo. Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes jóvenes.
Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.
Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.