Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si fuesen suyos.
En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios artistas de la Comedia Francesa—de los que nunca trabajan en dicho teatro y vagan por la tierra entera—habían organizado una función al aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. Iban a representar Los conquistadores, la gran tragedia de Montalbo, escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.
Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.
Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a llegar, aceptó la invitación.
—Iremos los tres—dijo a Faustina y a su padre—. Luigi vendrá de Marsella a juntarse con nosotros.
La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en París.
Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, aunque el invierno estuviese próximo.
Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en público.
—Es su hija—dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.
Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.