Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su esposa.
Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le ofrecía su boca.
Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar su agradecimiento?...
A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.
—Si te sientas ahí—dijo a Faustina—, te paseo ante todos estos burgueses.
La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer que después fue su segunda esposa.
Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia de las personas más principales de la ciudad!...
Crovetto protestó con dolor y sorpresa:
—¡Eso no es serio, maestro!...
Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena extraordinaria con un silencio de escándalo.