La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja, famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era célebre en el mundo entero.

Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes, para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna, teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».

Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo verdoso a las personas y los objetos.

Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el triunfo de la muerte.

Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la dinastía austríaca.

Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una mirada fríamente mansa las personas y las cosas.

Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.

Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.

—Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!

Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones de los Alpes.