A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos, más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas meridianas.

—Sí, muy hermoso—contestó la duquesa.

Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad del atardecer.

—Es una desgracia—continuó Baldwin—que haya que llegar a la vejez para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo versos.

La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que su acompañante quería decir.

—Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las Tullerías.

Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia, por habérselo oído mencionar en una reunión!...

Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo antiguo.

Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos; pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.

—Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce verdaderamente lo que ocurre en su interior.