Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por primera vez.

La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.

No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.

Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió, agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870, dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos recuerdos.

Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza, viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.

—Dice usted bien, mister Baldwin—continuó—. La vejez tiene sus placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual rondan incesantemente los enemigos...

»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.

»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes, recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves, pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame, mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo mismo que yo.

El millonario repuso melancólicamente:

—¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...