Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a Faustina paseando sola por una de sus avenidas.
Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su futuro esposo.
Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.
A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín, aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.
La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.
Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.
Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría diciendo a esta nueva Matilde?...
Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.
Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera, convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón solitario.
—Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria.