¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.

—¡La gloria!...

Y continuó la risa femenil por unos instantes:

—¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes entenderme.

¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro melancólico de Matilde.

Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.

—¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...

¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.

Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.

De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.