El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.

Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.

Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.

Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!

Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.

Necesitado de calor, miró hacia el sol.

Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...

Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».

El comediante Fonseca

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