Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera» trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.
Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto al mar.
Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna sobre el abismo.
Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con sus damas a tomar posesión de sus cargos.
Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos «petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.
Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.
La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar una meseta solitaria de los Andes.
Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones hechos pedazos o volcados.
Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que había yo visto en los cuadros y en el teatro.
Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.