Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos, rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al enterarse de la catástrofe.

Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de botellas de whisky para las primeras curas. No podía pedirse más.

Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído numerosos obreros.

Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho equipaje.

No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena. Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto a ver tantos duros juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las espuertas llenas de monedas de plata.

Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.

Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en tarde una compañía teatral.

Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio, llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de Calderón y de Lope.

Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico fabricarlos de plata.

En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un héroe contra varios bellacos.