—¡Salud, patrón!—decían algunos—. ¡Vaya una «manito» que tiene usted para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!
Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que pretendían desobedecerles.
—Yo soy Rengifo—dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente a frente.
Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra para estrechar su mano.
—Nosotros respetamos a los valientes, compañero.
Todos ellos le habían visto en el teatro.
Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la dulzura melancólica de su lejana juventud.
Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, viniendo hacia nosotros.
—¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!—dijo con voz profunda y lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras—. Te encuentro gordo como un canónigo de aldea.
Fonseca le miró con ojos de conmiseración.