—No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir un cura de aldea.

—¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una tournée en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... noctámbulo.

Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase clemencia para los disparates de su camarada.

—Así son—dijo con tono resignado—la mayor parte de los que vienen a este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta casa, para que conozca a mi hija.

III

—¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez? Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá en Buenos Aires.

Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo que la de los negros cuando encanecen.

—Reconocerá usted, doctor—siguió diciendo don Mariano—, que fui profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia; pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo entero hubiese pasado sobre mí.

Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta visita.

—No crea que me quejo de mi actual situación—continuó el comediante—. Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, apiadados de la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de aquel público que tanto me quiso.