Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá; seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.
Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de cigarro que guardaba entre los dedos.
—No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores, como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de organización.
El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... ¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel o un asilo.
Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando fumo.
Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas almas.
Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, de todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó hablando:
—Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.
¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.
¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado casi a pedir limosna.