A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un recuerdo agradable de ella.

Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser de otro modo, aunque lo desease.

Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra compañía; pero siempre acabó por repelerlos.

—Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá—me decía—. No me casaré nunca.

Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de «Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de guerrera, yo sabía de esto más que nadie.

Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su cara se mantenía cejijunto y agresivo.

Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas las mujeres con las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al expresar en escena la cólera o la venganza!...

Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.

Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...

La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, acuérdese de sus ojos...