Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.
Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en piragua o a pie.
Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural, montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de nuestros compañeros.
Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.
Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras improvisaciones grotescas.
Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce una autoridad absoluta.
Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la conquista.
Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel rincón de la tierra.
Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro viéndome llegado hasta allí.
Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República, nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se hundían nuestras mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando sus orejas con inquietud.