Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además, mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma violencia que empleaba para adquirirla.

Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.

Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno era suyo por derecho de conquista, y nadie podía arrebatárselo, ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.

La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para unirse a los vencedores.

Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.

Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían acabar con su temible gobernador.

De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.

Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre las tablas.

Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.

Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.