No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda del comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe cómo puede favorecerlo.
Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de cigarrillos.
Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas almas deben reparar un olvido tan inexplicable.
IV
Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su director.
Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y pregunté por él.
—Murió un año antes de abandonar yo la dirección—dijo el médico—. Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros de asilo.
Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su juventud.
Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como si estuviese representando la escena más culminante de un drama:
—Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor Olmedilla, una eminencia de Madrid.