Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca. Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.

Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias. Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.

Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía senil, acabó por reconocerle.

—¡Pero tú eres Cerón!—dijo—. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido, siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?

Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.

Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un artículo.

Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?

Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».

Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.

La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba esperándolo más de veinte años.