Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...
La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros; pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo inolvidable!...
Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y, contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el asunto con inusitada rapidez.
Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía rico.
Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.
Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.
El viejo del Paseo de los Ingleses
I
Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.
El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos de la refracción de la luz sobre el asfalto.