Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa Azul.

Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando hablarse con mayor intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.

Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar. Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas, con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto sobre el pecho.

De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo, lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad despertada por su presencia, seguían avanzando con aire aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los desperfectos de los rostros.

A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente al caer la tarde.

Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los Ingleses», como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que, por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su existencia.

—Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la miseria.

Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte de los tales fugitivos resultaba monótona.

Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...

Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff, y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.