Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad representaban los únicos ingresos con que podía contar.

Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.

Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias crías para la venta.

Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer. El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.

Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar a una señora en el Paseo de los Ingleses:

—Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes porque quiero estar seguro de su buena educación.

Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos francos, que hubiese rechazado de otra manera.

Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo apresuradamente a su casa.

—Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.

La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos, que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos, asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.