El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.
Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.
El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior, una novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos. Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.
Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez; estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en otros tiempos.
II
Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San Petersburgo.
Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el extranjero.
Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?», pensaba Ipatieff, egoístamente.
¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto de la tierra.
Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había deshecho en unos cuantos meses!...