Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.
Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.
Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.
Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.
Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su historia.
Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en fuerza de ser ricas y suntuosas.
Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó pedirla y no podía ya darle más—o sea en el momento que abandonaba él a las otras mujeres—, conoció por primera vez la importancia de la palabra «amor», que antes le hacía sonreír.
No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su pasado.
—¡El amor es así!—se decía Fedor con resignación.
Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo llorar de gratitud a su amante.