—Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome contigo.
Una Vera Alejandrowa no podía decir más.
Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza. Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.
De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.
Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.
Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de este súbito deseo.
Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto de Arkangel.
Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse. No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo. Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.
Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, empezó a funcionar el terror rojo.
Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su bienestar.