Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas preguntas:
—¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?
De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de los zares.
Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.
Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía. Sus fábricas ya no existían...
¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...
Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul, fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas una dilatación de espanto por lo que habían visto.
Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, insufribles: el hambre y el frío.