La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del régimen comunista.
El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.
«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.
Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...
Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de escasez...
La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían, ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, ¡mientras la otra infeliz!...
—El mundo ha cambiado—decía Fedor, mirando en torno de él con extrañeza.
Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su duración y su monotonía!...
—Acabó la época de los ricos—murmuraba—. Ya no existen ricos en mi país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que a su vez les llegará el turno de morir como los otros.
Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba, volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.