Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra, dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le hablaría de la otra. Y así era siempre.
La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, exagerándolos para dar gusto a su oyente.
Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte, podían comprarse en secreto los alimentos.
—Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios célebres.
¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera Alejandrowa.
—Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá; tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la amistad.
Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su pensamiento:
—¿Y todavía está hermosa?
Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.
—¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara. Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!