La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, ¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama de la corte...

Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había visto la última vez.

Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin perder por eso sus atractivos de mujer elegante.

La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada por él empezó a reinar en su existencia.

—¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...

Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!... Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando vencidos de antemano todos los obstáculos.

Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para darle una noticia:

—Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un empleo y viene a vivir aquí.

IV

El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la caricia del sol, pensaba siempre lo mismo: