«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».

Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.

Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.

Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo. Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde que ella se marchó: ocho nada más.

Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los sesenta!... ¡Un mundo!

Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises. Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además, ¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...

Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.

Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana en su tugurio, antes del paseo matinal.

—Ahí está; llegó anoche.

Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...