Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: «Ahí está; llegó anoche».
El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos la realización de lo que tanto había deseado.
Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había perdido el tiempo conversando con Tatiana!...
Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia, convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para encontrar a la que buscaba.
—Vengo a ver—dijo en ruso—a la señora Velinski, la hija del general Bodkine.
Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.
Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no agarraba»—como dicen las mujeres—, dejando visible la blancura de sus cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus dos manos para coger las de Ipatieff.
—¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última vez que nos vimos.
Luego dijo con una expresión envidiosa:
—Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.