Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba, juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.
Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que Ipatieff consideraba absurdas.
La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.
Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de Niza.
Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de Bagdad.
—¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.
Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó tristemente:
—Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.
A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y coquetería:
—¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...