Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados, que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.

Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio explicaciones a Fedor.

—La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche, venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de la pensión está hablando ahora con ella.

El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de sostén a la otra.

En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron solos.

La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.

Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que corre invariablemente por sus cauces naturales.

Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de nuestro planeta.

—¡Lo que yo he visto!—decía Vera—. ¡Lo que he sufrido!

Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no acordarse...