—¿Y su marido?—preguntó una tarde Ipatieff—. ¿Vive aún en Siberia?
Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa su pregunta.
—Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.
A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus tristes relatos, que tenían el encanto de un «flirt triste», según él. La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de ganar su pan y no ser gravosa a nadie.
V
El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora trabajaba.
Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la Costa Azul.
Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a lo largo de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba también trabajando, pero más positivamente que él.
Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»—eran sus palabras—al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus necesidades y sus ilusiones.
El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.