Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos amistosos, para que la otra le reconociese.

¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.

Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.

Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel, domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle, volvió a asombrarse de su juventud.

—¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.

Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.

—¿Te acuerdas, Vera?...

Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada, como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él, brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...

—¡Oh, Fedor!...

Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal, parpadeando para repeler sus lágrimas.