Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera hacia los grupos que asaltaban los tranvías.

Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante escenario de su vida.

Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.

Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el dulce sol del atardecer.

—¿Te acuerdas, Vera?—volvió a preguntar melancólicamente Fedor.

Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán más.

Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño, donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.

No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que llegaban.

El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad. Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles para sacar dinero a sus compatriotas ricos.

—Vámonos—dijo Fedor como si adivinase.