En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para sus paseos de enamorados.
Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los primeros automóviles de gran potencia.
—¡Eh, buena madre! ¡Atención!...
Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del camino, y casi la atropelló el caballo.
—Huyamos lejos de aquí—dijo con angustia—. Vámonos a un sitio donde no hayamos estado nunca.
Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio rústico de la ciudad.
Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares, tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.
Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos como aquella gente sudorosa, de rostros enrojecidos; pero aún podían conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz baja, medio ocultas en los cenadores.
—¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...
Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado, que eran siempre recuerdos de amor.