—¡Oh, Fedor!—contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza negativamente.

¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su dentadura insegura.

Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.

—Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...

El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.

Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:

—Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre... Tú ignoras el valor de las cosas.

Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la contemplaba admirativamente.

—Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este tesoro.

Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de gula.