Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.

—Me gustaría—dijo—comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser magnífico.

Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato vulgar, volvió a decir en tono de reproche:

—Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...

Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a apurar los fondos de las botellas.

Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de minas de oro!...

La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que proporciona el dinero!...

Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines, recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las felicidades soñadas.

Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser cierto.

El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso. Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante juventud, mientras tiran de un vehículo destartalado, símbolo de su miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su pobreza.