¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión; lo que ha muerto, ha muerto.

Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces naturales.

Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.

Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.

Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme deseo.

Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco en la pensión, aparte de su comida!...

Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...

El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige riqueza y vagancia. Es el más inagotable y variado de los placeres; pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el dinero.

Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los felices.

Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo debía ser para todos: dolores y placeres.